Me las voy a dar de choro y me voy a poner a dar sugerencias como si tuviera la experiencia suficiente como para contarle a otros cómo tienen que hacer las cosas. Resulta que durante el tiempo que hemos estado emprendiendo con esto de Voxound, he ido leyendo mucho de diversos emprendedores, he tenido la oportunidad de conversar con gente que la ha reventado, con gringos que han vendido sus empresas, pendejos que tienen tantos millones de dólares que podrían no trabajar más, etc. Uno siempre trata de sacar datos, de que le digan recomendaciones a uno, dónde está la papa. De tanto revolver la misma sopa, he podido ir sacando algunas conclusiones. Puede que mis conclusiones no sean ninguna maravilla, y en realidad no están totalmente “concluidas”, sigo aprendiendo y aquí se verá que me cuesta explicar mis ideas porque me tiré a escribirlas antes que decantaran, pero creo que a veces las ideas cuando no han decantado son más sabrosas y aprovechables por el que lee, así que aquí voy.
Voy a partir diciendo una frase que probablemente suene dudosa, pero que, sin embargo, creo cierta: una gran parte de la clave para ganar plata se reduce a realmente querer ganar plata. De esto se deduce que el que no gana plata es porque no quiere. Claro que no es tan así, pero algo de verdad hay. Me atrevería a afirmar que todos al menos queremos tener “éxito”, pero en una definición de “éxito” más bien personal. Muchos tienen ideas de éxito que no tienen estricta relación con ganar plata. Algunos buscan reconocimiento, otros quieren sentirse más libres, otros prefieren tener poder y algunos necesitan expresar su creatividad. Si tú no tienes harta plata, probablemente seas de los que no quieren ganar plata. Es claro que todos necesitamos comer, y que todos sentimos una satisfacción en el hecho de recibir una recompensa económica por nuestro trabajo, no lo pongo en duda. Pero hay una diferencia entre querer ganar plata y querer ganar harta plata. El juego se trata de establecer y delimitar lo que estamos dispuestos a renunciar por ganar plata. Ojo, que no estoy hablando de renunciar a tener familia, o de renunciar a valores morales. A lo que me refiero es una renuncia un poco más sutil. Hablo de renunciar a la satisfacción que entrega la creación de una cosa. Del disfrute que produce la “coagulación” de una idea, o de lo bacán que es transformar una ocurrencia en algo palpable. Tiendo a pensar que es algo más o menos universal, esas ganas de poner en el mundo algo que nació en nuestra mente, ese impulso por “parir” una idea y realizarla.
Precisamente son esas satisfacciones a las que, según he descubierto, quizás sea necesario renunciar para tener éxito económico. Y entonces me planteo si realmente quiero tener éxito económico. ¿Sueno muy artista bohemio? Lo que pasa es que, cada vez más, veo que la creación de un producto exitoso consiste en entender al usuario, en aprender qué es lo que quiere, es probar, probar y probar, ofrecer y ver sus respuestas, aplicar estadística y decidir en base a los resultados. Poco a poco, el valor de la idea y la creación va disminuyendo, para dar paso a lo que los usuarios quieren, a lo que las estadísticas de uso van diciendo. No importa que tengas una idea genial, si los usuarios no la entienden o no quieren darse el trabajo de entender, la idea no sirve. En definitiva, todo se trata de entender qué es lo que quiere la gente. Reconozco que todo eso de los datos y la estadística también me entretiene, tengo un ingeniero dentro, pero mi parte más creativa protesta, porque ve que su rol no es tan importante como creyó que era.
Por eso les digo, especialmente a las personas que no emprenden actualmente, pero que piensan hacerlo algún día: las ideas son puntos de partida, son la motivación que necesita tu mente, pero son solamente eso. Desde ahí hay que empezar rápidamente a capturar datos, a informarse, a entender el problema. Si existe una manera de empezar a emprender sin dejar la pega, es obteniendo información, es preocuparse de conversar con posibles usuarios, contar la idea una y otra vez, escuchar y entender las distintas opiniones. Lamentablemente hay que renunciar a ser el protagonista y pasar a ser un maldito moderador sin opinión. Las ideas se vuelven geniales cuando el dueño las deja ser libres y mutar, les permite adaptarse al medio ambiente, sin sostenerlas presas del ego de su creador. Para mi gusto, el costo es alto. Tan alto que muchos eligen la libertad de ejecutar lo que se les ocurre y el poder de implementar o modificar las ideas que les den ganas. Como un artista bohemio, que muchas veces hace genialidades que nadie entiende, o como los músicos que se resisten a componer canciones poperas: el que quiera ganar plata, ya sabe a lo que tiene que renunciar.
@agustinf